Plaza
Las hojas se retiraban lentamente. El piso aún estaba cubierto, pero la capa de hojarasca había disminuído. Ya iban varias semanas de otoño, y el viento comenzaba a barrer los caminos y desnudaba por completo a los pocos árboles que dominaban la plaza. La plaza comenzaba a verse triste. Algunos charcos dispersos saludaban con un abrazo a los paseantes desprevenidos que los estremecían con algunos pisotones. Las ruedas de bicicletas dejaban innumerables estelas que desaparecían sin remedio y se perdían en el olvido. Nada nuevo en el horizonte.
De tarde en tarde, un grupo de niños solía reunirse para hacer barquitos de papel sobre los espejos más grandes que encontraban. Pero no duraban mucho, la mirada atenta de sus madres no tardaba en encontrarlos y los barquitos se deshacían en medio de retos lejanos que obligaban a volver al hogar. El otoño en la región era bastante frío. La nieve no tardaría en caer, sólo un mes o un mes y medio más, como mucho.
La plaza, hacía mucho tiempo que estaba ahí. Nadie recordaba, entre los vecinos, cuándo había sido fundada. Creían incluso, que se había fundado sola, sin que nadie se diera cuenta. Se alzó una casa por allá, otra más allá, otra más acá, y en el medio iba quedando, despoblado, un pedazo de tierra que florecía en la primavera y agonizaba apenas entrado el otoño. La civilización inauguró calles, y las calles crearon, inadvertidamente, una plaza. Suele pasar muchas veces, que las creaciones espontáneas son las que más llegan al corazón de las personas, y en este caso, fue así. Todos los vecinos querían mucho a su plaza.
Uno de ellos vio con tristeza que la plaza decaía, los árboles estaban descuidados, parecían viejos, arruinados, como si murieran para nunca más florecer. Eso no podía ser así. Había que hacer algo. Comentó con algunos vecinos, y a todos les parecía lo mismo: la plaza no volvería a florecer. El viento silbaba una canción de adiós perpetuo entre las ramas. El vecindario se sintió por varios días tristes. Los niños ya no buscaban charcos para hacer zarpar sus veleros blancos. Se sabe que las personas de corta edad son muy sensibles, y ellos habían absorvido el aire de tristeza de sus padres, era casi como un luto. Varias personas adultas miraban la plaza y soñaban con antiguos momentos, con juegos lejanos, con recuerdos impalpables, con horas de felicidad que se iban sin remedio, que se diluían en un olvido cada vez más oscuro.
Los recuerdos, vale aclarar, vivían gracias a la presencia de la plaza. Todas las primaveras la plaza se volvía muchas plazas. Claro, dependía de quién la mirara. Los niños veían la plaza presente, en la que jugaban y correteaban. Los ancianos, veían una plaza muy lejana en el tiempo, de señores con galera y de modales refinados; de niños que no correteaban, sino que caminaban despacio tomados de las manos de sus padres, y esos niños eran ellos. La gente adulta, veía una plaza pasada, de bicicletas y juegos de mancha, de primeros sueños y primeras ilusiones; algunos, muy pocos, veían ilusiones concretadas. Pero todas esas plazas, eran una sola plaza, y eso es lo que hacía tan importante a ese rincón del vecindario. Por eso, se decidió llamar al municipio, ellos debían ocuparse de cosas tan serias, siempre tan puntuales para pedir impuestos, debían ser igual de puntuales para brindar ayuda cuando era necesario.
Comenzó llamando el primer señor que había advertido que la plaza comenzaba a morir. El Sr. Cabrera, llamó y llamó, tratando de que hicieran caso a sus reclamos, pero nunca había nadie importante como para atenderlo. Pasado unos días ya conocía de memoria todas las extensiones de ese edificio que él solo conocía desde afuera y al que todos llamaban “municipio”. Todas las extensiones, menos las que a él le servían, claro. Desanimado, comentó al vecindario que no hacían caso de sus reclamos. Varios se enojaron y dijeron que ellos mismos iban a intentar y que si no los atendían habrían consecuencias. Como suele pasar en estos casos, todavía faltaba quién los atendiera, y también faltaba quién se animara a crear consecuencias. Pero entonces, alguien recordó, recordar es un buen inicio para tratar de encontrar una solución. Ver en el pasado respuestas que pueden ayudar en el presente. Había un cuidador, en una época lo hubo, y no lo mandó la municipalidad, no, no, se sabe que la municipalidad no se ocupa de esas cosas, fue un cuidador que puso en la plaza… no recordaban quién, pero alguien lo había traído, sin lugar a dudas. Pero, si no sabían quién lo había traído, cómo iban a buscarlo. Estaban ante un problema, y la única solución, era recordar, seguir recordando. Era un señor de unos 35 años. Morocho. ¡Hablaba muy rápido!, recordó un vecino. Solía contar historias a los niños, agregó otro. Ningún dato útil. No vivía lejos de aquí, dijo el Sr. Cabrera y todos lo miraron, a lo que agregó: venía en bicicleta, lo recuerdo bien, a la mañana muy temprano, llegaba desde la calle este, y a la tarde, una vez que la noche estaba presente, se iba por el oeste, cosa muy extraña, pero no era raro en ese hombre, él mismo era extraño. Otro vecino se adelantó: tal vez sería bueno mandar a un grupo de vecinos a preguntar por el vecindario del este, y otro a preguntar por el vecindario del oeste, pero nos falta un dato importante: su nombre. El Sr. Cabrera sintió todas las miradas posarse sobre él… y volvió a recordar… sólo le decíamos “cuidador”… “buenos días señor cuidador”, “hasta luego señor cuidador”, “qué bonito día para pasear en la plaza, ¿no es así cuidador?”. Cabrera pensó por dentro, qué desconsideración, había servido al barrio y nunca nadie le había preguntado su nombre. Pero, al cuidador nunca pareció importarle, él siempre recibía a los visitantes de la plaza con una enorme sonrisa. Parecía disfrutar del solo hecho de ver a alguien llegar a la plaza que él cuidaba. El vecino que se había adelantado, dijo al fin: “cuidador, está bien, no tenemos más datos, así habrá que tratar de ubicarlo”.
Aquel día ya había pasado y no era posible comenzar la búsqueda, así que esperaron al siguiente. Dos grupos de unos cinco vecinos cada uno, partieron con rumbo este y oeste. Cabrera fue al este.
La suerte de ambos grupos fue extrañamente dispar. En el oeste, nadie recordaba al “cuidador”, no recordaban a nadie que paseara con su bicicleta de noche. Sin embargo, en el este, todos recordaban a un ser extraño, que muy de mañana cruzaba hacia el oeste, en bicicleta. Se les preguntó por el nombre de ese individuo, pero nadie lo conocía. Algunos agregaron un dato sin importancia: siempre pasaba silbando. Tratando de seguir la huella, el grupo se alejó más hacia el este, pero entonces, los nuevos vecinos que fueron cuestionados decían desconocer a este personaje. Ambos grupos volvieron desanimados a reunirse a un costado de la plaza. No es posible que en el este lo recuerden, y en el oeste no, el grupo del oeste estaba indignado, consideraban que las personas con las que habían hablado les habían ocultado información. Se quedaron pensando una solución, pero no se les ocurrió nada. Volvieron a sus casas, más desanimados aún.
La noche comenzaba a caer, y Cabrera miraba por la ventana. Él recordaba muy bien al cuidador y no podía creer que ahora que lo necesitaba él no venía. Pero no lo culpaba. Sabía que ya nunca volvería, al menos no por su cuenta. El cuidador no trabajaba, eso era evidente. Estaba todo el día en la plaza. Llegaba con varias herramientas de jardinería, y comenzaba a arreglarla. Todo el día estaba mejorándola. En los años en que él estuvo, la plaza respiraba una alegría inmensa que parecía que nunca se iba a acabar. Tanto es así, que Cabrera estaba casi seguro de recordar que la plaza se mantenía florecida todo el otoño, todo. En invierno, cuando el frío se hacía más fuerte, era cuando las hojas no resistían más, y las flores comenzaban a secarse. Pero no antes. El cuidador se encargaba de que la lucha de los vegetales contra el frío, fuera más dura. Solo una cosa, muy pequeña por cierto, se le podía recriminar al cuidador: en invierno desaparecía. Es algo muy pequeño teniendo en cuenta que no tenía qué arreglar o cuidar, y probablemente pertenecía a un hogar humilde y no le era posible llegar a la plaza con un abrigo adecuado. Pero eso sí, en cuanto el invierno comenzaba a ceder, él ya estaba disponiendo todo para que las plantas florecieran con más fuerza aún. Y todos los años lo lograba, todos los años parecía que la plaza se hacía más y más hermosa, con más flores, con más verde. Cabrera siempre supuso que el cuidador tenía ahorros en su casa, y que con ellos vivía. Seguramente los había juntado de joven, y había ahorrado suficiente como para vivir toda la vida que le restaba, para vivir sin lujos, sin ningún lujo, eso también está claro. Solo vivir, cuidando la plaza. Pero un día, el cuidador vino triste. Varios lo notaron y preguntaron el motivo, pero nadie obtuvo respuesta. Nadie, excepto Cabrera. “Sr. Cabrera, usted creo que me podría entender, a una cuadra de mi casa vive una señora con un único hijo, el niño de ella se enfermó gravemente, y ella no tenía con qué pagar las medicinas, así que tuve que prestarle dinero. Estoy triste, porque a pesar de mis esfuerzos por llevarle lo que necesita, el niño no parece mejorar”. “No se preocupe buen hombre, las buenas intenciones siempre acarrean buenas noticias”, tal había sido la respuesta de Cabrera, respuesta que había dicho con más intención de consuelo que por convencimiento. Una semana después, aproximadamente, el cuidador no apareció un día. Cabrera temió lo peor, y lo confirmó al ver al día siguiente al cuidador con una tristeza que se le derramaba en todos sus actos. No preguntó nada, para no incomodarlo, pero no era necesario preguntar. En pocos días, el cuidador comenzó a verse más flaco. No trabajaba tanto, y todos los días se lo veía cansado. Comenzó a dormir por las tardes, en un banco que había en la plaza. Parecía tratar de recuperar fuerzas, pero ni el sueño lo ayudaba. Se lo veía acercarse a los chicos, a veces, para pedir alguna ración de una golosina que estuvieran comiendo, los chicos nunca se la negaban, porque el cuidador siempre era muy bueno con ellos. Pero los vecinos comenzaron a murmurar. “El cuidador es muy holgazán, no deberíamos dejarlo dormir en la plaza”. “Ayer le pidió de comer a mi niño, eso no es un cuidador, es un mendigo”. “En cualquier momento se va a convertir en un mal hombre, mendigo y ladrón”. “Deberíamos echarlo, con su cara de tristeza me desanima a pasear por la plaza”. Cabrera varias veces era receptor de estos discursos que él trataba de suavizar, pero la gente no entendía. Primero poco a poco y luego abruptamente, la fama del cuidador fue cayendo. Hasta que un día un grupo de vecinos decidió hablar con él para echarlo. Una tarde, lo levantaron con gritos mientras dormía y le indicaron que debía irse, que ya no querían su presencia en ese lugar. El cuidador no dijo una palabra, ni expresó su sentir con ningún ademán. Sencillamente, tomó sus cosas y se fue. Cabrera vio ese momento de muy cerca. Estaba en su casa cuando vio que varios vecinos se acercaban al cuidador, guiado por su curiosidad, salió de su casa y se acercó tratando de no ser visto. Sentía mucha tristeza pero no intentó mediar en la situación, sabía que aunque lo intentara, los vecinos no comprenderían nunca. Así lo sabía también el cuidador, que en su tristeza había confiado en Cabrera como su único confidente. No habían pasado ni dos días, cuando los niños comenzaron a preguntar por él, pero sus padres respondieron mil y una mentiras para calmar la curiosidad de los pequeños. Algunos niños le preguntaron a Cabrera, pero él nunca contó lo sucedido, a veces el engaño es mejor que la verdad. Son esos niños, los que vivieron en la época de esplendor de la plaza, los que la disfrutaron al máximo gracias a los servicios del cuidador, los que hoy lo buscan con esperanzas. Por eso siempre dicen que la vida da lo que uno se merece, sólo que nadie aclara, que a veces aquello que se merece llega demasiado tarde.
Los recuerdos habían puesto a funcionar la cabeza del señor Cabrera que ya tenía un nuevo plan. Sería un plan solitario, no iba a dejar que nadie lo acompañara, y para asegurarse no iba a comunicar su plan al vecindario. Tenía que encontrar la casa de la señora a la cual el cuidador había prestado su ayuda. No podía ser tan difícil. Sería una casa humilde, sin dudas, y una casa triste, una casa con aire de ausencia.
Al otro día, a la mañana y sin más tardanza, Cabrera se encaminó al este. Recorrió las cuadras mirando fijamente cada casa, tratando de adivinar dónde se encontraría la señora que él buscaba. Vio casas de muchos estilos, se fijó en hogares que nunca antes había visto, a pesar de que se encontraban cerca de su casa. Casas pequeñas, casas grandes, con jardín, con rejas altas, rejas bajas, muchas casas. Pero ninguna era la de esa señora, estaba seguro. Siguió buscando por espacio de una hora, recorriendo una y otra vez las mismas cuadras y revisando casas que ya había revisado. A veces se preguntaba por qué pasar dos veces por el mismo lugar, y aunque no encontraba una respuesta lógica continuaba con su doble revisión. Hasta que comprendió. Mirando una cuadra por la que ya había pasado descubrió una casa pequeña que no había visto aún. Un pequeño pilar de medio metro con una puerta de hierro de pintura gastada, separaba a la casa del barrio. La casa estaba como ausente. Estaba y no estaba. Apenas se asomaba, como con vergüenza, a la calle que le pertenecía. Detrás del pilarcito, un camino de ladrillo bordeado por pastos que crecían desprolijos. Al fondo, una casa humilde. Esa era la casa que él buscaba. Entró con una mezcla de alegría y nostalgia. No había timbre, así que decidió golpear la puerta. Golpeo tres veces y esperó con aire solemne que la puerta se abriera. Para alegría de Cabrera, la puerta no tardó en abrirse, y una señora que parecía envejecida como la plaza lo miró a los ojos con aire de sorpresa. Cabrera se apuró a decir: “Señora, usted no me conoce, y yo a usted tampoco, pero creo que tenemos un conocido en común. Verá usted, vengo de algunas cuadras más hacia allá, en frente de la plaza, allí estamos todos preocupados porque la plaza parece que no fuera a florecer nunca más. Y recordamos que hace mucho tiempo atrás un cuidador la arreglaba y la protegía muy bien, y lo estamos buscando. Ese cuidador me habló de usted, así que supongo que usted lo conoce, ¿no es así?.” La señora cambió su expresión de sorpresa y su rostro comenzó a ablandarse, su mirada se perdió en los ojos de Cabrera y en un murmullo dijo: “sé a quién busca, al Sr. Luis, él siempre ha sido muy bueno conmigo, ¿sabe?… Él era quién solía cuidar la plaza. En verdad, cuidaba de varias cosas. Pero, le tengo malas noticias, señor, él murió hace una semana. Siento tener que decírselo.” Cabrera cerró los ojos un momento, y contuvo con gran esfuerzo las lágrimas que empujaban por salir. Antes de dar media vuelta, agradeció a la señora por la información y dijo que lo sentía mucho. Sin más por hacer, caminó lentamente hacia su casa. Caminó varias cuadras pensando en todo lo que había pasado en esos días, y en lo que había pasado hace mucho tiempo en su plaza. Las imágenes se sucedían como las casillas de un tablero de ajedrez, entre blancas y negras. Al acercarse al barrio, vio desde lejos la plaza, la miró detenidamente. Trataba de pensar una nueva solución, pero la tristeza embarraba sus pensamientos. Viendo todo perdido, comenzó a llorar. Y el llanto abrió una nueva perspectiva en su interpretación de la situación. Comprendió, por fin comprendió, que la plaza ya estaba muerta y no volvería a renacer. Comprendió que su lucha y la del barrio eran inútiles, habían llegado tarde. Comprendió que cuando alguien quiere profundamente algo, ese alguien y ese algo forman una sola cosa indivisible. Comprendió que la plaza no esperaría al invierno para morir, comprendió que la plaza ya había muerto una semana atrás.